sabemos de adolfo hitler
Visitamos a Hitler en su finca de las afueras de guarne (colombia) y le encontramos cuidando su precioso jardín, infestado de heliotropos que dibujan en el césped un retrato floral de Federico II de Prusia en el momento de inaugurar un obelisco.
Habida cuenta de que el individuo tiene un siglo de edad, década más década menos, la verdad es que se conserva estupendamente. No aparenta arriba de cincuenta.
Luego sabemos que su lozanía se debe a las inyecciones de un producto que Alemania había desarrollado para mejorar la raza humana (más que nada para dejar bien a Nietzsche y a su superhombre). Su intención era, una vez ganada la guerra, comercializarlo y que los hombres vivieran más. Pero como le zurraron, dijo que se guardaba el secreto para él solo y dos o tres amigos y que a los aliados y aliadófilos les podían freír un paraguas de allí en adelante (en realidad enunció esto con una expresión todavía más pintoresca, pues hablaba con soltura el castellano).
Por cierto, Hitler se había vuelto a casar y su mujer, un tanto gorda pero aún de buen ver, deambulaba por allí.
—¿Viene usted del «20 minutos» , no es así? —me espetó nada más verme—. La fama de su periódico ha traspasado el charco y, cuando recibí su amable carta, no supe negarme. Aquí me tiene. Soy todo suyo. Pregunte lo que quiera.
Y me instó a sentarme en una tumbona, a su lado. Además, me sirvió un granizado de limón.
—Bueno —balbucí—, no sé por dónde empezar... —Yo me hallaba cohibido en presencia del Führer. La persona más importante a la que había entrevistado hasta entonces había sido el bajito de «El Dúo Dinámico». Menos mal que tenía las preguntas apuntadas en tarjetitas (aunque se me cayeron al suelo e hice les preguntas sin mucho orden).
—¿Qué opina usted del resultado de la guerra? —inquirí.
—Hombre —dijo—, no le voy a engañar. Hubiera preferido ganarla yo, eso es claro. La pena es que las potencias democráticas se tomaron todo el trabajo para que en vez de quedarme yo con los países del este, se quedara con ellos Stalin. Parece una simplificación, pero es lo que hay.
—¿Cuál es su argumento para defender el régimen dictatorial?
—Es sencillo: se considera que, en religión, el paso del politeísmo al monoteísmo es un avance. No veo por qué en política no va a ser igual.
Como se ve, iba al grano.
—Yo, por mi gusto —añadió— querría vivir en un régimen de libertad perfecta, en una anarquía. Pero eso no es práctico. El hombre es un bicho tan asqueroso que no se le puede dejar suelto. De ahí la importancia de nosotros, los domadores.
—¿Se considera un domador?
—Efectivamente. En el circo de la historia existen los países-domadores y los países-bestias. Los unos dominamos a los otros. Siempre ha sido así.
—¿Y los países que no intervinimos directamente en el conflicto?
—Bueno, en circo también están los payasos.
—Dejemos la política —sugerí—. ¿Qué opina usted de la canción «country» que representó a Alemania en el último Festival de Eurovisión?
Hitler puso una cara rara.
—A mí me da un poco igual, como usted comprenderá —afirmó. Pero se veía que no era verdad—. Si quieren imitar a los EE.UU, ¡allá ellos! Yo lo que no acabo de entender es qué hace Israel en un festival europeo. Esos favoritismos son algo que me supera. Por cierto, ustedes también se cubrieron de gloria con las chicas esas de la salsa... ¿cómo se llamaban?
—¿Las Ketchup?
—Ésas. Realmente tienen ustedes ahí un problema. ¿Ven los defectos de la democracia? Eligen entre todos a sus representantes y, ¡claro!, el pueblo ignorante elige lo peor.
—Pero si a Las Ketchup no se las eligió democráticamente...
—¿Ah, no?
Creí mejor cambiar de tema.
—¿Qué opina usted de Bush?
—¡Vamos, hombre! —rió Hitler—. No me pregunte tonterías. Fíjese en la decadencia de los tiempos. En mi época todos eran grandes figuras políticas con las que se podía o no estar de acuerdo, pero grandes estadistas sin duda: Churchill, Franco, Mussolini, Stalin... Y hoy, no quiero decir nombres, pero... Usted me entiende.
—Una última pregunta, porque el tiempo ya apremia. ¿Podría usted darme su truco personal para preparar el pastel de liebre?
—No veo por qué no. Todo el secreto está en mezclar azúcar moreno en la salsa en que se macera la carne.
Nos despedimos de don Adolfo tras pedirle que nos dedicara una fotografía, cosa que hizo con mal disimulada satisfacción.

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hey ringo gayyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyy
tiogro | 24-10-2007 - 14:34:10 GMT -9 #